Redes (Minicuento IV)


Era Otoño, las hojas caían de los árboles a paso lento. Era medio día. El sol brillaba desde lo alto. Un arroyo. El agua aún no estaba fría del todo. Había andado más de 18 kilómetros ese día. La concha ajada por el paso de los años, coronaba su mochila de supermercado. No necesitaba nada más en la vida que su queso de cabra, su hogaza y su bote de anchoas. Junto al arrollo había una gran piedra, esperándola, calentita de toda una buena mañana de sol. Estaba sola en el bosque.

Una sensación de bienestar recorrió su cuerpo de arriba abajo. Se desnudó y metió las piernas en el arroyo. El fresquito del agua alivió de inmediato cualquier sensación de cansancio, y pasado el shock del principio por el cambio de temperatura, se relajó y disfrutó del fresquito en su piel. Cuando empezó a quedarse roja, se levantó y se tumbo en la piedra. El calor del granito al sol, el contraste del frío de mi piel y el calor de la roca.En ese momento, justo en ese momento, sintió lo que era ser libre.

El aire rozaba cada parte de su piel, erizándola, convirtíendola en escamas de dragón. De dragón dorado, alado, mágico. Sintió el poder crecer dentro de su pecho y comprendió que no estaba sola en el mundo. Que, aunque a veces es parte del camino sentir que nadie te comprende o que no puedes contar con nadie, siempre, cerca de ti tienes la solución.

Porque somos una red, porque estamos conectadas porque…

Fuente: Marta Virgulilla

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