Hoy hace 10 años

 El primo Paco, no se puede ser más guapo.

Hoy hace 10 años que mi vida dio un vuelco, y no sólo mi vida sino la de toda mi familia. Hoy hace 10 años que nos falta Paco, mi  primo, que nos dejó con una penita muy grande. Porque era muy pronto, porque no se lo merecía. Porque estas cosas no deberían ocurrir nunca. De hecho, nadie se merece acabar como él lo hizo.
Siempre que llegan estas fechas se me revuelve el alma. Nunca he escrito sobre este tema, porque, aunque han pasado 10 años, sigo llorando como una niña cada vez que abro la cajita de mi memoria donde tengo guardadas todas estas sensaciones y experiencias. 
Hoy, aunque con lágrimas en los ojos y las convulsiones que conllevan, estoy lista y preparada para compartir con aquellos que quieran escuchar mi relato sobre aquel día fatídico, lo que me ocurrió. Que este texto sirva para concienciar las mentes de todas aquellas personas en cuyas manos reside la responsabilidad de que hechos como el de aquel 11 de Marzo no vuelvan a ocurrir jamás.

El que, en mi humilde opinión, tuvo la culpa de la muerte de Paco. Fuente

Todo empezó como cualquier otro día, me levanté, me preparé y me fui a trabajar. En esos días estaba trabajando en una empresa llamada DENTALITE, una empresa que se dedica a cosas de dentistas. La verdad, no entiendo muy bien qué hacía yo allí, pero bueno, era un trabajo. Llevaba muy poco trabajando, semanas, creo (la verdad, ya no lo recuerdo). Lo que sí recuerdo fue que me esforcé mucho por ese trabajo, como auxiliar administrativo. Y parecía que todo el mundo estaba satisfecho conmigo (o eso me parecía a mí).
Llegué a la oficina, tan normal, como siempre. Pero, al entrar una de mis compañeras que escuchaba la radio empezó a comentar compungida que habían puesto una bomba en Atocha y en Alcalá de Henares. El miedo recorrió mi cuerpo, de cabo a rabo, ya que mi madre, mi hermano y mi abuela vivían en aquella localidad. Yo me crié en Torrejón de Ardoz, un pueblo pegado a Alcalá. Y toda mi familia (o casi toda) vivía y vive en el Corredor del Henares: Vallecas, Santa Eugenia, Entrevías… Todos mis amigxs cogían el tren para ir a la universidad (bendita huelga que salvó el pellejo a un montón de gente), para ir a trabajar, para hacer sus vidas…
El miedo me hizo coger el teléfono y empezar a llamar a toda la agenda. Las líneas estaban colapsadas, y me costó mucho dar con mi madre y con mis amigxs, pero parecía que todo el mundo estaba bien. Algunos de lxs amigxs que solían coger ese tren se durmieron ese día, otros se salvaron por la huelga, recuerdo una amiga que se libró porque se le olvidaron los apuntes y tuvo que volver a casa… ¡¡Menos mal!!
Ahí llegó la primera advertencia de mi supervisora. No recuerdo el nombre de nadie en esa empresa, excepto el de ella. Primero porque era mi tocaya, Raquel. Segundo, porque me parece la persona más detestable de la puta faz de la tierra. Me dijo que no tenía ningún derecho a estar llamando a nadie en mis horas de trabajo, que volviera a mi sitio y prosiguiera con mis tareas. Le expliqué que toda mi familia y amigos podían ir en ese tren, pero ella insistió en que tenía que seguir trabajando. Y lo hice… con el corazón encogido. 
Llegó la hora de comer y me fui a casa, prosiguiendo por el camino con las llamadas. Al llegar a casa, hablé con mi padre. Yo estaba más tranquila porque parecía que todos mis allegados estaban bien. Y entonces soltó la bomba: no encontramos al primo Paco. ¿Cómo? 
De todos mis primos, Paco era mi favorito. Lo cierto es que siempre le vi como un príncipe azul. Fue el primer chico que me dio una vuelta en moto, y de hecho, por hacerme la valiente, me quemé el gemelo y no dije nada, para que no me tomara por una cría (tenía unos 10 años)… aunque la ampolla era del tamaño de un puño. Era guapo, inteligente, dulce… una persona sublime. Mirando atrás, creo que fue mi primer amor, amor platónico, pero amor verdadero, sincero y puro. Por su culpa siempre he tenido debilidad por los motoristas.
Recuerdo los veranos en Casillas con mis primos con mucha frecuencia, me encantaba pasar tiempo con mi familia. Recuerdo cómo un verano, enseñé a mi abuela a escribir, cómo mi abuelo nos hacía anillos con las monedas de 25 pesetas que tenían un agujero en el centro, lo guapo que era mi tío Paco y lo bien que olía, las tortillas de la tía Amparo, los filetes empanados de la tía Angelines; las croquetas de la tía Pepi, las migas del abuelo y del tío Cándido. Lo bien que me lo pasaba jugando y riendo con mis primas Esther y Rosana, mi primo Rober chinchándome todo el rato, mi primo Pepe metiéndose conmigo. Lo guapas que eran (y son) mis primas Lourdes, Mila, Nuria y Ana, que tenían locos a todos los mocitos del pueblo. Lo que me gustaba hablar con mis primas Eva y Marta, lo brutos que eran mis primos Juan y Candi… pero, ante todo, recuerdo a mi primo Paco, tan guapo, tan alto…
Mi prima Lourdes, su hermana, me llevaba de paseo por Madrid con Paco, su novio por esos entonces y su marido a día de hoy. Me compraban algodón de azúcar y yo me lo pasaba teta con ellos. Pero, lo mejor de esas visitas a Santa Eugenia era dormir en la cama de Paco. Me encantaba dormir rodeada de su olor.
Llamé al trabajo y avisé de que no acudiría por la tarde, que tenía que irme a buscar a mi primo. Mi supervisora me dijo que “tenía una actitud poco profesional” y me despidió. En ese momento me dio igual, tenía cosas más importantes en la cabeza. Pero tengo que admitir que, después, fue algo que me pesó sobre los hombros, y que agravó, con creces, mi tristeza y desilusión posterior. Menuda mierda de mundo injusto y sin corazón en el que vivimos. 
Mi padre intentaba tranquilizarme: no te preocupes, seguro que ha escuchado la explosión y ha visto a tantas personas heridas que se ha puesto a ayudar en los rescates, o se ha ido andando hacia algún sitio… La movilización familiar fue inmediata. Cada día que pasa doy las gracias al Universo por la maravillosa familia que tengo. Podrán pasar siglos sin vernos, pero todos nos llevamos en el corazón.
Todo era un caos. En el Gregorio Marañón, que fue el primer hospital que visitamos, nos dijeron que las listas de afectados las iban actualizando tan rápido como podían, pero que no podían identificar a todo el mundo, por lo que dejamos de guardia a un primo, y el resto nos organizamos. Hicimos grupos entre los primos y los tíos y nos fuimos a recorrer los hospitales con la esperanza de encontrarle. Yo fui con mi primo Juan, y nos tocaban los hospitales del sur de Madrid.
Cuando, horas después, bien entrada la noche, nos rendimos a la evidencia de que no estaría por los hospitales, nos reunimos todos en el IFEMA. Había muchísima gente, muchísimas familias angustiadas. Nosotros no perdíamos la esperanza, estábamos seguros de que aparecería en cualquier momento, conmocionado, en alguno de los hospitales colapsados que visitamos sin éxito. 
Recuerdo el abucheo a los políticos que asomaron el careto por allí. Las tonterías que se escuchaban sobre que si había sido fulanito o menganito el responsable del atentado nos ponía los pelos de punta. La manera en la que algunas personas allí trataron mal a familias afectadas por ser árabes. Desde luego, hay que ser gilipollas. ¿Qué culpa tenían aquellas personas que estaban pasando por lo mismo que todos nosotros? No queríamos saber nada de eso, sólo queríamos recuperar a nuestro Paco y su dulce sonrisa.
Una de las muchas veces que me levanté para ver si había nuevas noticias de los listados, dio la casualidad de que, el señor con el megáfono empezó a hablar. En ese momento, en el que yo estaba lejos de mi familia por haberme acercado a los listados, el señor gritó el nombre: Francisco Javier Barahona Imedio
Y el mundo se oscureció. Empecé a llorar, me caí al suelo de rodillas, hundí la cara en las manos… hasta que noté que alguien me ponía una manta por encima, me ponían de pie y me sacaban del recinto. Tranquila, me decían. Respira hondo, vamos, haz un esfuerzo. Andábamos deprisa. Una nube de personas (imagino que trabajadores sociales y psicólogos) estaban a mi alrededor. Cuando llegamos a la puerta de una nave, la voz (no puedo recordar su cara) me volvió a pedir que respirara. Y entonces, se abrió la puerta.
Una nave diáfana, blanca, con un montón de ataúdes puestos en perpendicular a cada lado de un pasillo sin fin. Yo no entendía nada, no podía dejar de llorar, no sabía qué estaba pasando. Entonces, llegamos al último ataúd de la izquierda. Y allí estaba, mi primo, mi amor, mi Paco. ¿Es tu Francisco? Me preguntó un Guardia Civil. Moví la cabeza a modo de contestación, entre sollozos. Y entonces, me calmé. Sentí su paz, sentí que estaba lejos de allí, en un lugar mucho mejor que éste. Nos dimos la vuelta y me llevaron a la parte contigua de la nave, donde unas mesas y unas máquinas de escribir nos esperaban. Cuando la señora que estaba allí empezó a hacerme preguntas, yo empecé a llorar otra vez. No podía contestar. Entonces, entró Paco, el marido de Lourdes, y se sentó a contestar. Menos mal que él estaba lo suficientemente entero como para pensar y hacer todos esos trámites burocráticos que hay que hacer. Yo me fui de allí, en un extraño estado, que no podía entender. Era como si me sintiera desconectada de la vida y del mundo. Más tarde me diagnosticaron un shock postraumático.
Mi dolor no era nada comparado con el de mi prima y mi tía. Mi tío Paco nos dejó hace ya muchos años, pero pude sentir cómo se indignaba desde el cielo. Toda mi familia, todos mis primos, estábamos (y aún lo estamos) rotos por dentro. Mis primos Candi y Juan que durante muchos años fueron sus mejores amigos, no podían creerse esta situación. Y es que, aunque pasen 10 años ya de todo esto, el primo Paco ha seguido en nuestras cabezas y corazones siempre.
Cuando llegué a casa no podía comer, no podía beber, no podía dejar de llorar. Llegó un momento en el que mi llanto era seco, estaba empezando a deshidratarme. Estuve así durante dos días, hasta  que me acerqué al espejo y me vi completamente desfigurada. Casi no se me veían los ojos, la frente completamente hinchada de llorar. Parecía un Klingon de los de Star Trek. El que era mi pareja entonces me obligó a llamar a mis padres. Cuando mi madre me vio en semejante estado, llamó a una ambulancia. Me pusieron un chute que me hizo dormir un día entero.
Cuando desperté no hacía más que preguntarme por qué. ¿Por qué pasaban estas cosas en el mundo?, ¿por qué no hacen más que poner las imágenes del horror en la tele?, ¿por qué utilizan a nuestros muertos para hacer campañas electorales?, ¿por qué seguir viviendo en un mundo así?
Perdí 16 kilos en un mes. Tuve que hacer 2 años de terapia para empezar a sentirme un poco mejor y dejar de tomar pastillas. Gracias César, por toda la ayuda que me diste. Llevo 10 años teniendo pesadillas, aunque gracias al Universo, cada vez son menos frecuentes. No pude volver a montar en un tren hasta 3 años después sin tener ataques de ansiedad. Cada vez que pienso en todo esto, un terrible y profundo rechazo al mundo me invade…
Las repercusiones psicológicas de perder la fe en la humanidad, el trabajo, la capacidad de ser independiente a la hora de moverme en transporte público, el miedo terrible que tengo constantemente a que algo le ocurra a cualquier persona que amo… son indescriptibles. Aunque hay cosas que no se superan nunca, sí que es cierto que las heridas se convierten en cicatrices y las cicatrices nos ayudan a ser más fuertes. Y aunque hay veces que pican, que duelen, que molestan, nos recuerdan que hemos sido capaces de superarnos como personas.
Y es que, sin quererlo, eso me ha enseñado mi primo: a ser más fuerte, a buscar mi independencia mental, de ideas y de vida. Paco era un ejemplo de superación y de que, si uno quiere, puede cambiar drásticamente su vida, con perseverancia y trabajo. Él me ha enseñado a no temerle a la muerte, a saber que cada día de tu vida puede ser el último y que, por tanto, tenemos la obligación de ser felices, de aprovechar la vida y vivirla con una sonrisa.
A día de hoy, ya estoy mucho mejor. Sigo llorando amargamente la muerte de Paco, no pasa ni un solo día en que no piense en él. El año que viene yo tendré la edad que él tenía cuando murió. Qué poco tiempo te dio la vida para disfrutar de tu familia, de tus logros, de tu chica, de tus sobrinos, de tu vida… Cómo te echo de menos, primo. Qué poco tiempo tuvimos para conocernos mejor, para querernos más si cabe, para estar juntos. Ojalá hubieses podido quedarte a nuestro lado.
Raquel*
Le dedico este texto a mi familia, que pasó y pasa su calvario particular, pero en especial a mi tía Amparo y mi prima Lourdes. Sois las personas más valientes que he conocido en mi vida. Os quiero con toda mi alma.

2 opiniones en “Hoy hace 10 años”

  1. Siento muchísimo esta pérdida tan injusta y comparto vuestro dolor. No se lo merecían. Mucha fuerza y ánimo para seguir adelante. Hay que ser valientes. Estoy seguro de que desde allí donde se encuentra, Paco vela por todos vosotros.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *