La gata niña (Minicuento V)

 Mimi tuvo que competir por la teta de su mamá siendo gatita bebé, la convirtió en una luchadora nata. Siempre estaba prevenida por si había que comer algo, porque ella tenía que crecer mucho para no tener problemas nunca a la hora de comer mas. Es una supuesta ventaja en el mundo gatuno tener la posibilidad de ganar más que nadie. Eso hace que los gatitos traigan regalos a los dueños, dicen que piensan que son inútiles… gracias, gato…pero un poco de razón, si que tienen.

Pero Mimi no era así, ella no subestimaba para nada a los humanos, al revés, les tenía envidia. A Mimi le gustaba viajar (era el único gato civilizado a la hora de meter en un trasportín) le encantaba el coche. Mimi quería sentir la sensación de viajar en avión, lo había visto por la tele. La abuela pasaba horas viendo la tele, así que Mimi también, ronroneándola y dándole calorcito en las rodillas doloridas.

Cuando se dio cuenta de que la abuela estaba haciendo una maleta más grande de lo normal, Mimi temió que la dejara en casa. Alguna vez, si se iba con sus hijos de vacaciones, los dejaba en casa por bastante tiempo… no quería  riesgos. Así que se acurrucó en lo alto de la ropa de su dueña y ronroneó hasta quedarse dormida, en un sueño de colores…

Fuente: Marta Virgulilla

Redes (Minicuento IV)


Era Otoño, las hojas caían de los árboles a paso lento. Era medio día. El sol brillaba desde lo alto. Un arroyo. El agua aún no estaba fría del todo. Había andado más de 18 kilómetros ese día. La concha ajada por el paso de los años, coronaba su mochila de supermercado. No necesitaba nada más en la vida que su queso de cabra, su hogaza y su bote de anchoas. Junto al arrollo había una gran piedra, esperándola, calentita de toda una buena mañana de sol. Estaba sola en el bosque.

Una sensación de bienestar recorrió su cuerpo de arriba abajo. Se desnudó y metió las piernas en el arroyo. El fresquito del agua alivió de inmediato cualquier sensación de cansancio, y pasado el shock del principio por el cambio de temperatura, se relajó y disfrutó del fresquito en su piel. Cuando empezó a quedarse roja, se levantó y se tumbo en la piedra. El calor del granito al sol, el contraste del frío de mi piel y el calor de la roca.En ese momento, justo en ese momento, sintió lo que era ser libre.

El aire rozaba cada parte de su piel, erizándola, convirtíendola en escamas de dragón. De dragón dorado, alado, mágico. Sintió el poder crecer dentro de su pecho y comprendió que no estaba sola en el mundo. Que, aunque a veces es parte del camino sentir que nadie te comprende o que no puedes contar con nadie, siempre, cerca de ti tienes la solución.

Porque somos una red, porque estamos conectadas porque…

Fuente: Marta Virgulilla

Mona (Minicuentos III)

Mona era una niña despierta. Tenía los ojos siempre atentos a todas las cosas que pasaban a su alrededor, porque la vida era muy interesante, y no quería perderse ni un momento. Hubo momentos, en los que tenía cosas que decir, pero no sabía cómo… hasta que de pronto un día, lo supo: supo que ella tenía un super poder que nadie (o pocos) comprendían: podía sentir con la música. Y no solo al escucharla, sino al producirla.

Cuando Mona se dio cuenta de eso, se sintió muy feliz, porque comprendió que, aunque no todo el mundo lo entendería de la misma manera, resulta que hay un abanico enterito de sentimientos, que con sus corcheas y octavas acarician los nervios auditivos, procurando un placer y un confort que pocas cosas te pueden proporcionar en la vida. ¿¿O no es cierto que cuando estás triste te apetece un tipo de música y cuando estás content@ te apetece otro??

Mona era muy feliz, pudiendo acariciar cuerdas, golpear tambores, cantar, vibrar… vibrar… con la vida, contigo, con ell@s, con el mundo…. 

Mudanzas (Minicuento II)


Cuando cerró la puerta del antiguo piso, su alma descansó. Fue como si le hubieran quitado un peso muy grande de encima. Sentía, al ver el sitio vacío, que la vida la llevaba por el buen camino, que en algún lugar estaba el nido que estaba buscando, que sentía que necesitaba.

Cuando abrió la puerta de la nueva casa, un rayo de alegría y de posibiliades le cruzó la cara. Y pensó dónde pondría las cosas, y limpió aquello para darle aspecto de hogar, y preparó la base de un buen nido. Y al ritmo de la música, con unos buenos caderazos al ritmo,  la vida se bebe de otra manera.

La pilló desprevenida, sin esperarse que aquella caja, una simple y sencilla caja, pudiera llegar a albergar tantas cosas. Se encontró planos de ciudades, de países, de serranías de distintos continentes. Se encontró monedas de lugares remotos. Se encontró billetes de tren, autobús, una foto de ese señor tan majo que te llevó en coche hasta Pau, de esa señora maravillosa que me hizo de guía por Niza…

¿Cuántos recuerdos necesita una de su vida? Se sentó a meditar. Y por un lado, echó de menos a ciertas personas, ciertas situaciones, ciertos comportamientos y hábitos. Y por el otro valoró por lo que había pasado, y sin darse cuenta, volvía a sonreír pensando en lo que tenía en ese mismo momento. Y se hizo un ovillo al pensar en el futuro.

Porque le dolió intuir que, si las cosas no cambiaban pronto de una manera pacífica, al final, su casa, su país, su pueblo, su mundo se terminaría convirtiendo en una dictadura a la altura de Wells, Orwell,o la misma  Collins. Y se abrazó, e imaginó que las respuestas a todos los problemas del mundo estaban en esa caja. Si todo el mundo comprendiera lo importante que es viajar, conocer gentes y lugares distintos…

Entonces la humanidad se daría cuenta de que tod@s somos iguales, la misma raza, la misma criatura. Se darían cuenta de la inutilidad de fronteras. De la necesidad de compartir igualitariamente la cultura, la sanidad, la riqueza. La necesidad de que tod@s tengamos las mismas oportunidades en la vida, la fuerza de una sociedad que elija su futuro de manera individual de forma inteligente, explotando sus habilidades de individuo libre para el bien del pueblo. Porque la felicidad de un@ es la de tod@s. Porque compartir es la única manera de supervivencia digna.

Y se durmió, y soñó cómo un mundo así era posible.Que un mundo así podría ser palpable. Que la humanidad despertaba de su letargo y se daba cuenta de lo absurdo de la situación. Que empezábamos a adoptar medidas de educación social: básico para el control de la natalidad. Básico para posibilitar que todo el mundo tenga las mismas oportunidades. Básico para poder repartir la riqueza. Básico para crear un nuevo mercado, basado en el sentido común, que siga premiando a los que trabajan, pero nunca a los que explotan.Básico para crear una sociedad feliz. Básico para que tú seas feliz.

Fuente: Estrella

El que devora (Minicuento I)

Con este escrito me embarco en una nueva aventura: Voy a recopilar ilustraciones de tod@s l@s ilustradores que me rodean, que son much@s y con mucho mucho talento y les voy a escribir un cuentecito. Espero que os gusten 🙂

                                        ……………………………………………………….

Cuando llegó a la mesa, hacía un día espléndido. No se acordaba de la última vez que había estado en la playa, solo, sobre las rocas, mirando el gran azul y pensando en todas aquellas cosas que le parecían importantes en la vida, y que de alguna manera, habían dejado de serlo. Disfrutó de cada momento en aquella cala, y tan ensimismado estaba mirando al infinito que no vio acercarse al viejo. Este, con manos temblorosas, le presentaba un pescado de gran tamaño. Toma, le dijo. Para que almuerces.

Le dio las gracias. Compartieron un cigarro en silencio, como el que comparte el alma. Una vez chupada la última calada, el viejo puso su mano en el hombro, y se marchó. El no hacía mas que pensar en esa cara, llena de sabiduría y felicidad. ¿Por qué tenía la sensación de haber compartido tanto con ese hombre si sus labios no se habían despegado?

De vuelta en casa, miraba el pescado. Lo marinó, lo raspó, lo preparó para el horno. Y mientras miraba cómo se doraba en el horno, preparó la mesa al son de su alegre silbido. Cuando la mesa estuvo puesta, con su tenedor para pescado y su tenedor para ensalada, con su cuchillo de pescado, con su copa para el vino, con su pan bien cortado, con su servilleta doblada a un lado… sacó del horno la bandeja, que desprendía un olor maravilloso.

En ese momento, miró a ambos lados. Cuando miró a la derecha, pensó en su madre. En lo que le diría: no pongas los codos sobre la mesa, que te pongas recto, que mastiques con la boca cerrada, que no hagas castañuelas… Cuando miró a la izquierda pensó en su novia: límpiate bien, que tienes algo en la barba, no comas tan deprisa, no te metas tanta cantidad de golpe en la boca, no te sirvas tanto… pensó en el monitor del comedor de su colegio: no te levantes de la mesa hasta que todos terminen, límpiate la boca antes de beber del vaso, no mojes el pan en la salsa…

Y entonces, explotó. Tiró al suelo toda la parafernalia de la mesa, cogió el pescado con los dedos y pensó para si lleno de satisfacción: para ser feliz, uno no necesita tantas reglas de etiqueta.